El Maracanazo: El Mito y Efecto

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Schiaffino anotando su gol. Foto por la FIFA

Hace unos 25 años, fui a un asado al Club de Taxistas Armenios de Montevideo. Ese 16 de julio, era un lugar bastante normal, pero la reunión de un grupo totalmente excepcional. Era el asado anual de los jugadores uruguayos que participaron en la inolvidable final de la Copa Mundial 1950 en Río de Janeiro, ‘El Maracanazo’.

Interesado en la historia de un hecho mítico, fui a recoger testimonios de primera mano para documentar detalles de una leyenda futbolística, que se trasmitía de manera oral, y que cambió la historia del fútbol y de los países.

No era la final del Mundial 1950, sino el partido final. Brasil sólo necesitaba un empate para campeonar. Era un equipazo que parecía encaminado a un título inevitable- como Brasil ’82, Holanda ’74 o Hungría ’54 – cuya calidad futbolítica hacía de la Gran Final del Mundial un mero trámite. Terminó siendo probablemente el momento más dramático en la historia del fútbol mundial: «El Maracanazo».

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Un poco de contexto:

En mundial de 1950 fue el primero posguerra, y fue la única vez en la historia que la final se disputó por puntos, con cuatro equipos que se enfrentaron todos contra todos. Brasil goleó 7-1 a Suecia y 6-1 a España antes de enfrentar a los charrúas. Uruguay empató 2-2 con España y superó 3-2 a Suecia.

El domingo del partido, el caudillo y capitán de Uruguay, Obdulio Varela agarró un diario brasileño que había salido con el titular celebrando el inminente título de Brasil, lo puso en el piso del vestuario delante del equipo, y …….le orinó a la primera página. Puso el ‘tono’ de la jornada. Durante el partido, Varela utilizó esa viveza para liderar su equipo, manejar y enfriar el partido ante la olla de presión que era el Maracaná.

Esa tarde el once de Uruguay trascendió de ser una mera efeméride a la eternidad. El Maracanazo marcó la historia y el futuro del deporte. Los charrúas reforzaron su mística de aguerridos ‘matagigantes’, y agregaron la cuarta estrella a su camiseta celeste. (campeones olímpicos en 1924, 1928 y Copa del Mundo 1930). Brasil, el traumatizado ‘Pais do futebol’, movilizó las emociones de una generación que a lo largo le hicieron el gigante del deporte. Pelé vio a su padre Dondinho llorar tanto, que le prometió que iba a rectificar la situación, cosa que hizo en 1958. Mario Zagallo, jugador que fue campeón mundial como jugador (1958, 1962) y como técnico (1970) me dijo que estaba en el Maracaná ese día, haciendo su servicio militar.

Ante más de 200,000 espectadores en el estadio Mario Filho/Maracaná, la fiesta estaba servida para el triunfo de Brasil. Tras que Friaça abrió el marcador para los locales en el segundo tiempo, Schiaffino, ex estrella de Peñarol y del Milan, anotó el primer gol uruguayo a los 65.. Aún con el empate, Brasil ganaría la Copa Jules Rimet. Pero a once minutos del final, Alcides Ghiggia, anotó el 2-1 de un tiro cruzado fuera del alcance del ‘goleiro’ Barbosa, sellando el marcador final y provocando varios suicidios en Brasil.

El negro Barbosa, que fue culpado por la derrota e identificado como el talismán de mala suerte de Brasil aquel día, murió marginado y en la pobreza. Antes de salir a USA ’94, la selección de Brasil rehusó conocerlo cuando el pobre Barbosa fue a despedirlos. Desde esa final del Maracanazo, Brasil nunca más jugó con la camiseta blanca; cambió por la verde-amarilla. La camiseta celeste de Uruguay, país que tenía una relación muy diferente con sus jugadores morenos a la de Brasil, tomó matices místicos que los jugadores a lo largo de generaciones proyectan. (ver video)

Habiendo crecido en Puerto Rico, en una isla aislada futbolísticamente, uno recibía algo de fútbol por televisión durante los Mundiales o los Panamericanos, y cuando llegaban las revistas «El Gráfico» y ‘Don Balón’. Estaba intrigado por «El Maracanazo». Hoy en día se puede ver todo. Antes había que buscar las historias. Cuando empecé a trabajar en el fútbol, vi que en Sudamérica y en televisión, narradores y comentaristas repetían el término como si fuese de su conocimiento íntimo. La realidad: repetían lo que habían leído o escuchado. Pensé: ‘me gustaría hablar con los que jugaron ese partido y ver qué dicen’.

En la reunión de 16 de julio en un frío invierno de Montevideo, Schiaffino dijo que quería enviar el balón al segundo palo en su gol, pero que le pegó mal y entró arriba al primer palo. Recordó el ‘silencio’ que reinaba en el Maracaná. ‘El país entero estaba de luto. Todos lloraban. Los brasileños, nosotros…’.

«Schiaffino dice eso para no presumir», comentó Julio Pérez, compañero de selección, ese 16 de julio en Montevideo. «[Schiaffino] sabía exactamente dónde le estaba pegando». «Julito no sabe lo que dice», rebatió Schiaffino. Era maravilloso verlos discutir y sentarse con una copa a escuchar todo tipo de historias. Los jugadores se referían a Obdulio, que no estuvo ese 16 de julio y moriría al año siguiente, como ‘papá’. Autores y padrinos de una hazaña inolvidable.

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