BAS 01 – BUENOS AIRES (ARGENTINA), 20/04/07.- Foto de marzo de 2007 del ex jugador de Diego Armando Maradona mientras observa un partido de fútbol, desde su palco en el estadio de la Bombonera, en Buenos Aires. EFE/Cézaro De Luca

A una semana de la muerte del astro maradoniano, como una supernova cósmica que finalmente implosionó, se sentirán las secuelas – Legales, familiares, financieras y otras., por un largo rato.

La frase que atribuyen al escritor Roberto Fontanarrosa, “¿Qué me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía?”, aplica en mi caso.

En mi vida, le dediqué demasiado tiempo, dinero y energía a seguir los pasos y las noticias de Diego y del fútbol, como un defensa persiguiendo a su presa. Viajaba una vez al año a hacer historias en Sudamerica y Argentina, y si me enteraba que Diego iba a jugar, trataba de estar. Pienso que dedicarle una iglesia o hacer un tatuaje de Diego era una locura, pero mis acciones también fueron algo irracionales.

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Tomé tiempo para procesar y meditar la muerte del ídolo, observar el caos y circo desatado, organizar mis memorias y comparar anécdotas con colegas. Muchos que nunca lo conocieron opinarán y otros afectados expresaron en redes qué sintieron por su muerte.

Porque Diego – y el show que daba el adicto, brillante y caótico, llamemoslo Maradona – nunca pasaban inadvertidos. Siempre lo busqué. Tuve una docena de encuentros con Diego Maradona: en ruedas de prensa, charlas cara a cara y notas post-partidos, entrevistas largas e incluso discusiones acaloradas. El último: en Munich, en el 2006 durante el Mundial.

De Diego Maradona, aún del hombre con adicciones y vida desordena, hay una lección que todos podemos aprender: atreverse. Por carambolas de la vida, uno se atreve, insiste, y a veces se da con la ayuda de Dios y la mano del hombre se triunfa. Diego fue al Nápoles y marcó época. (‘La mano de Dios’ es otro ejemplo.)

Un par de anécdotas bastarán para revelar algo, detalles, de su esencia. Mi historia con Diego también es crónica y producto del fútbol en Puerto Rico, donde me crié, y más de 25 años de carrera como reportero deportivo.

Diego era pícaro y un ‘vivo’: tan rápido e incisivo con la pelota al pie, como con la mente y con la lengua. Y siempre, auténtico. De la misma manera que su memoria fotográfica registraba la cancha de un vistazo como piezas un tablero de ajedrez, recordaba la cara de toda la gente que conocía. En Buenos Aires, una vez se le acercó un hincha para decirle que estuvieron juntos en un asado, y Maradona cayó en cuenta y lo ubicó en su memoria. Dijo: ‘!Claro, vos sos el hermano de Miguel»! El rostro del admirador se iluminó por existir, en la memoria del Diego.

INICIOS

Supe del Diego por primera vez en 1979, cuando Argentina enfrentó al resto del mundo en Buenos Aires para conmemorar su título mundial, y Maradona anotó un golazo brillante ante los monstruos del fútbol mundial. Fue portada de El Gráfico, y durante el Mundalito de 1980 (torneo conmemoración del Mundial 1930) miré por televisión. (Menotti había decidido no incluir a Diego entre los jugadores del campeón 1978 para no agobiarlo con la presión.)

En aquel entonces, El Gráfico llegaba con intermitencia a Puerto Rico. Jugabamos fútbol en la antigua base naval en Miramar, pero volvíamos a la dieta deportiva de pelota, tenis o baloncesto. La revista era una referencia y biblia del deporte latinoamericano. Sin internet, sin tantos satélites, ver partidos por tele era más difícil, y toda Latinoamérica miraba a El Gráfico para saber qué era notable y novedoso en el fútbol. Motivado por el fútbol, perferccioné mi francés, que empecé a estudiar en la Alliance Française de Condado, para leer revistas como France Football. Al final, terminé escribiendo para esas mismas revistas. Y por pasión, seguí una carrera cubriendo balompié.

MEXICO 1986

Al llegar a México 86, no era claro quien sería el nuevo monarca en el trono de mejor fútbolista del mundo. Tras Pelé y Brasil en 1970, el trono pasó a Cruyff (y Beckenbauer en otra posición) brillante por su juego y por su mente. Luego del 1974 al 1982 hubo un interregnum de talentosos con Kempes, Rivelino, Cubillas, Boniek, Conti y Platini. Para México ’86, Zico, Rummenigge, Francescoli, Romerito, Laudrup (y hasta Claudio Borghi), figuraban en la lista de los virtuosos pretiendientes al trono. Y el de la casa, Hugo Sánchez, también quería ser figura del Mundial con sus goles en el máximo escenario, el Mundial.

Cuando Passarella quedó fuera de México ’86 por problemas estomacales, Diego quedó como el líder y capitán de Argentina. En México, para provocar a Diego, mexicanos le gritaban «Hugo, Hugo» en los entrenamientos de Argentina en Coapa, predio del America, en alusión a Hugo Sánchez, pichichi del Real Madrid. Diego ardía por dentro y ‘puteaba’ a los mexicanos.

En el Estadio Azteca, el 23 de junio 1986, en la tribuna de prensa y estadio, muchos no vimos bien si era legal el gol de «la mano de Dios». Pero cuando Diego tomó el pase de Enrique en el medio y encaró empezó la obra maestra del segundo gol, todos estábamos en sintonía. Al gambetear los primeros ingleses, recuerdo el silencio en el Azteca. El respeto de la sensación de un espectáculo único y magistral. En el Azteca siempre había un zumbido de cornetas, las que acompañan el habitual «Me-xi-co, Me-xi-co». Hubo un silencio notable cuando Diego saltó antes de entrar al área grande. Seguramente – pensamos – los ingleses lo bajarán con una patada y un foul. Una barrida y lo bloquearán. Un lindo slalom de Maradona, pero el disparo será desviado, como tantas lindas obras futboleras incompletas. Pero cuando la pelota entró al arco, había enmarcado una actuación cósmica, irrepetible. El Azteca estalló en presencia del gol del siglo, como presenciar un performance, un concierto de un virtuoso, que también fue transmitido al mundo.

Ese día, siempre me marcó más el gol virtuoso (que el gol pecador (como denominó el tanto Eduardo Galeano) del Mundial 1986. Aparte, como el acto de un mago, no vi la mano del primer gol hasta más tarde.

Su virtuosidad y liderazgo también se vio en los siguientes partidos – semifinal contra Bélgica y la final contra Alemania. «Pase lo que pase, la camiseta 10 siempre será mía», enfatizó Diego. Y de los que le siguieron, dentro y fuera de la cancha – ninguno podía alcanzarlo: ni Orteguita, ni Riquelme, ni Messi, (que tal vez posee más hábilidad que Diego con el balón, pero menos personalidad). Independiente del talento que tengan – no han dado la talla para remolcar un equipo a la gloria a base de voluntad como lo hizo Diego.

Cubrí Italia ’90 y USA ’94, y en la cancha para partidos decisivos.

En el film «Diego Maradona» de Asif Kapadia (en 2019) se vio parte de un archivo de entrevistas, incluyendo una por Teofilo Cubillas (yo fui su productor) el día después del 2-1 contra Inglaterra en 1986. En el documental, se marca la diferencia el Diego dentro de la cancha, genio, y el de la vida loca de Maradona, especialmente los años en Nápoles.

Si le caias bien, o te conocía, te decía «Vení, vení». Si se fastidiaba o te hacía la cruz, con un «Andá a la p…. que te parió».

Keyvan Heidary entrevistando a Diego Armando Maradona. Suministrada

Varias veces le entrevisté en Argentina – y cuando le cuestioné sobre su admiración y vínculos con políticos como Fidel – Diego escuchaba un acento caribeño y asumía que soy cubano, no boricua. Una vez, me acompañó mi primo, Dennis Vazquez, nacido en San Juan, a Buenos Aires. Dennis no habla español. «¿Si tu apellido es Vázquez, cómo no hablás español»? preguntó Diego, riendo a carcajada. Era difícil explicarle a Diego las realidades de la diáspora boricua.

En 1994, Argentina era una máquina, pero con una pieza defectuosa. Superó a Grecia 4-0 y Nigeria 2-1 con el talento y viveza del Diego, Batistuta, Simeone, Redondo, Caniggia y compañía. Parecían imparables. Maradona resultó positivo a tomar efedrina, que pudo usarse para ocultar rastros de cocaína. Fue suspendido.

Había una mini-industria de reporteros que vivían de su acceso al Diego, y de la gracia de caerle bien y ser aceptados en su presencia. Era la corte de un rey. Ellos fueron los convocados a la habitación en Dallas tras su expulsión cuando lamentó, «me cortaron las piernas». Sin Diego, Argentina perdió ante Bulgaria, y quedó eliminado de USA ’94 al caer ante Rumania 3-2 en Los Angeles, con Maradona en la tribuna de prensa. Siempre le admiré, pero traté de nunca ser alcahuete.

Después del Mundial 1994, y previo al anuncio de la sanción de la FIFA, yo estaba en Argentina investigando el trasfondo de la suspensión y la novela Maradona. Todos querían entrevistarlo; Diego no estaba hablando con nadie. De momento, Maradona, con su memoria prodigiosa, salió a su balcón, y nos reconoció a mí y a Marcelo Larraquy, reportero amigo. Concretamos esta exclusiva entrevista atípica para Telemundo.

Don Joe Serralta, entonces presidente de la FedefutbolPR, me preguntó: «¿Tú hiciste esa entrevista»? Yo la vi, pero yo no sabía que la hizo un puertorriqueño». Fue un lindo halago de una persona que luchaba en todos los frentes por el fútbol boricua.

Pasaron años, y cuando el panorama del fútbol boricua cambió con el desarrollo fulgurante de los Islanders, propuse incluir a la isla en el mapa por primera vez del programa FIFA Futbol Mundial, que viajaba el mundo entero haciendo reportajes como este sobre los Puerto Rico Islanders.

No fue mi último diálogo con Maradona, que me insultó en una conferencia de prensa de Boca Juniors en 1997 cuando pregunté por la incoherencia de sus decisiones. Pero como buen pecador, Diego perdonaba y pedía perdón, y yo no le reprochaba. Nos hablamos una última vez en 2006 en Munich, y me regaló un detalle y un abrazo al final.

Maradona siempre fue protagonista, algo que no se puede decir de Messi. Y otros argumentan que Pelé siempre tuvo un elenco estelar con Brasil, el mejor equipo de la historia mundialista. Las cifras no engloban lo hecho por Diego; Pelé tuvo más goles, pero Diego era el líder indiscutible y su efecto en la sociedad argentina innegable. La distinción entre el mejor del mundo, y el más grande.

Yo siempre quería más Diego. Ahora se acabó.

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