Miercoles 17 de agosto de 2011

Daniel Gambarrotti | España 360

No importa que tan bueno sea el juego del Madrid, el Barça siempre gana. El partido de vuelta de la final de la Supercopa española disputado en tierras catalanas tuvo todo lo que una final necesita. Emociones, goles, buenas jugadas, genialidades, riñas, expulsados o que Mourinho le pellizque el ojo a Tito Vilanova.

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Las emociones se sintieron desde el arranque cuando Cristiano Ronaldo disparó a gol antes del primer minuto. El Real Madrid mostró una buena cara en los primeros minutos, dominando y creando jugadas de peligro. Pero los catalanes supieron aguantar las llegadas merengues y en el minuto 15 Messi le hace un magistral pase a Iniesta dejandolo mano a mano ante Casillas y el cerebro del Barça solo tuvo que picar el balón para poner el primer tanto del partido. Parecía que la pesadilla empezaba para los de Mou. Las imágenes del 5 por cero estaban frescas en las mentes de los jugadores madrilistas. En el minuto 20 apareció el Cristiano del Madrid para emparejar las acciones, convirtiendo su primer gol en el Camp Nou y el número 100 con la camiseta blanca. En el ocaso de la primera mitad aparecería Messi y como si fuera un deja vu, pondría al Barça con ventaja de un gol para irse al descanso exactamente como pasó en el primer juego.

Mourinho salió con un Madrid más ofensivo, cambiando a Sami Khedira (que estuvo perdido en la primera parte) y trayendo a Marcelo. El encuentro no tuvo mejoras significativas en cuanto a lo táctico, pero si en cuanto a lo personal. La rivalidad de antaño iba llegando con cada falta que cometían los equipos. Cuando el reloj marcaba el minuto 80, los culés empezaban a saborearse el título y las almas catalanas que abarrotaron el Camp Nou gritaban de entusiasmo, su equipo iba ganando y su nuevo héroe estaba apunto de entrar, pero Karim Benzemá mandó a silenciar el estadio con un gol sorpresivo en el minuto 82 luego de que el Barcelona no pudiera despejar un saque de esquina. El francés empataba el marcador a dos goles. Menos de un minuto pasó para que el estadio volviera a estallar, esta vez no por un gol sino por su nuevo ídolo, Cesc Fàbregas debutó por los blaugrana. A tres minutos del final llegaría el verdugo del Madrid, Messi, para sentenciar el encuentro con su segundo gol.

El Madrid perdió la cabeza, el gol de Messi despertó los fantasmas del fracaso del pasado reciente. Marcelo le cometió una falta impresentable a Cesc y esto hizo que regresara la violencia. Ambos banquillos salieron al campo, empujones, patadas, Mesut Özil y Villa intercambiaron combinaciones y Mourinho quería saber si Tito Vilanova tenía buenos reflejos al pellizcarle la cara. El encuentro terminaría minutos más tarde con un marcador final 3-2 y 5-4 en el global, como es habitual el Barça levantaría la copa, su décima Supercopa.

Todo el buen fútbol que se jugó por más de 170 minutos se vio empañado por acciones negligentes de algunos jugadores. La falta antideportiva cometida por Marcelo no puede ser tolerada, atentar contra la carrera de un jugador, es una falta de respeto al deporte. No hay excusas, no importa que tan rivales puedan ser, no importa cuantas veces pierdan contra el mismo equipo. Tampoco se puede permitir la trifulca que sucedió luego de la falta, los jugadores saltaron del banquillo para caerse a golpes, y ¿Donde estaba la seguridad? Por lo menos el cuerpo arbitral pudo contener la situación, pero bien esto pudo haber acabado de otra manera. El fútbol se tiene que imponer en los partidos, no la violencia.

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