Lunes 2 de setiembre de 2013

Esteban Guevara/FBNET


La primera impresión. Si bien el primer vistazo siempre es importante, no necesariamente termina siendo trascendental ni leal diagnóstico para emitir posteriores criterios contundentes. Las apariencias engañan, dicen. De hecho, al amigo lector posiblemente le habrá sucedido que el día que se dirigió a conocer a sus suegros, estos se idearon un concepto erróneo de su persona, y lastimosamente les tomó tiempo hallar todas las virtudes de las que su novia o actual esposa se enamoró. Es muy común encontrarse en tal situación; igual ocurre al iniciar un curso lectivo o empezar un trabajo nuevo, en los que el profesor o el jefe podría crearse una noción equivocada de su alumno o empleado, respectivamente. Pues bien, en el fútbol también ocurre.


Cada cuatro años empieza un proceso mundialista, término que por un lado genera disconformidad en el aficionado –quien está habitualmente acostumbrado a esperar obtener las cosas ipso facto-, y por otro, provoca muchas dudas, pues no se tiene muy claro de qué trata exactamente. Sea comprendida o no la palabra “proceso”, los ticos tenemos la posibilidad de convertirnos en testigos –la mayoría de las veces, más bien jueces- del inicio de un nuevo proyecto que tiene como objetivo clasificar al Campeonato Mundial de turno.


A la mayoría de nuestros padres y abuelos el destino decidió burlarse de ellos en repetidas ocasiones. Una vez tras otra se ilusionaron con ver a la Selección Nacional en la máxima cita futbolística del planeta; asistieron al viejo Estadio Nacional a alentar al mismo equipo de camiseta roja y pantaloneta azul que siempre tropezaba contra algún rival y se quedaba en el camino. México y Honduras -la mayoría de las veces-, Guatemala, El Salvador e incluso Canadá, se convirtieron en los despreciables verdugos de aquellos sueños que almacenaron en su momento nuestros queridos ancestros. Pero siempre hay una primera vez…

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A finales de 1987 Costa Rica inició un nuevo intento –el noveno de su historia-. A diferencia de los tiempos de antaño en los que no se contaba con la ventaja de la televisión, en esa ocasión la transmisión televisiva le llevó a todo el país el juego que marcaría el debut del trabajo hacia la Copa del Mundo Italia 90. El Municipal de Guatemala fue el primer sparring, y el viejo escenario de La Sabana se encargó de albergar el duelo de presentación del Equipo de todos, que en esa oportunidad se presentó con camiseta blanca. El uruguayo Gustavo De Simone fue el encargado por la Fedefutbol para tratar de lograr lo que hasta entonces había sido misión imposible: clasificar al Mundial.


Como indican las líneas introductorias de la presente nota, aquella fue la primera impresión que nos dimos los costarricenses con respecto al nivel que rindió la Sele de cara a las series eliminatorias que debía enfrentar ante Panamá y México, y de avanzar sendas fases, luchar posteriormente en una pentagonal final por uno de dos boletos a Italia 90. Luces y sombras presentó el accionar de la Tricolor esa noche de noviembre de 1987 ante su oponente chapín, pues su juego irregular apenas alcanzó para triunfar sin convencer 2-0. El difícil escollo que significaba toparse una vez más a la selección azteca, una frontera infranqueable para los nuestros, no permitía hacerse esperanzas para el futuro cercano, ni siquiera hacía mella en tal realidad el hecho de que Costa Rica ya sumaba dos participaciones en Olimpiadas y en una Copa del Mundo Infantil en aquella década.


Nadie imaginaba lo que sucedería un año después con los manitos, quienes por utilizar futbolistas pasados de edad en la eliminatoria juvenil hacia Arabia Saudita 1989, serían sancionados por la FIFA y excluida su selección mayor de la ruta hacia el torneo italiano. Lo cierto es que sin saberlo, los ticos empezamos a observar aquella noche del 87 a nuestra Selección iniciar el camino que sí llegaría a la meta. El estratega charrúa alineó esa vez a Alejandro González; en la zaga, a Alexander Sáenz, Róger Flores, Edwin Sarapiquí Salazar y Miguel PejibayeVargas; en el medio campo, a Héctor Marchena, Alexandre Guimaraes y Juan Arnoldo Cayasso; mientras que en punta, a Leonidas Flores, Claudio Miguel Jara y Hernán Medford (eran tiempos en los que era normal emplear una formación 4-3-3). Como variantes hicieron ingreso Mauricio Chunche Montero, Germán Chavarría, Evaristo Coronado y Gilberto Rhoden. Cabe destacar que de aquellos quince hombres, ocho llegarían al Mundial con Bora Milutinovic (Flores, Marchena, Guima, Cayasso, Jara, Medford, Montero y Chavarría).


Pues bien, a cuatro días de disputar el primero de los últimos cuatro encuentros de la hexagonal hacia Brasil 2014, en los que prácticamente seis puntos nos sellarían la visa al país de O Rei Pelé, nos asaltan miles de dudas: ¿lo lograremos? ¿fallaremos? ¿se repetirá la triste historia hacia Sudáfrica 2010? El autor de estas líneas confía en que todo salga muy bien y Costa Rica firme su cuarta presencia en una Copa del Mundo. De ser así, en una futura columna me referiré al primer partido del proceso hacia el mundial brasilero, y veremos cuántos de los primeros convocados por el argentino Ricardo Antonio Lavolpe logran llegar a tierras sudamericanas el próximo año. Por lo pronto desde ya visto la camiseta de la Tricolor y me ilusiono con volver a ver a mi país en el máximo evento del fútbol mundial, ¿y usted, estimado lector, confía en que esta Sele también lo logre?

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