
En la noche del viernes 31 de julio, solo 12 días después de que España se coronara campeona del mundo, los ambiciosos planes de Gianni Infantino de vender el 20% de las ganancias del Mundial fueron sepultados. No se veía una rebelión tan frontal contra un dirigente de la FIFA desde el fallido intento de la Superliga Europea.
El proyecto era claro: sobornar a los miembros de la FIFA para transferir riqueza del fútbol a fondos de inversión de Wall Street.
Infantino caerá eventualmente, pero el problema de fondo permanecerá: un sistema de patronazgo que protege a presidentes de federaciones que gobiernan por decreto y, cuando algo falla, siempre tienen la misma respuesta: “no sabíamos”.
Kevin Lamour, Principal Oficial de Operaciones de la FIFA, lo dijo con crudeza: se trata de “el proyecto de una persona” y que su propio equipo fue “engañado” por la falta de transparencia de Infantino. Esa es la cultura que impera en la FIFA.
Tener ganancias no es malo. Pero cuando esas ganancias se obtienen destruyendo la integridad del deporte, impulsando monopolios y decidiendo arbitrariamente quién puede participar en el mercado del fútbol, entonces atentan contra la esencia misma del juego. Esas ganancias no deben formar parte del fútbol.
El fútbol mueve miles de millones al año. Merece estructuras transparentes y cero tolerancia ante cualquier acción que, aunque no sea abiertamente corrupta, genere la mera apariencia de corrupción.







