Steven Álvarez, Joe Serralta (medio) y el alcalde de caguas, Hon William Miranda Torres. Archivo
Steven Álvarez, Joe Serralta (medio) y el alcalde de caguas, Hon William Miranda Torres. Archivo

Por Randy Torres

Ayer me desperté a la noticia del fallecimiento de Joe Serralta. No sé por qué, pero siempre pensé que Serralta sería eterno y quizás lo es. Los que nos conocen saben que Joe y yo no éramos santos de nuestras respectivas devociones. Panas no éramos. Seré muchas cosas pero hipócrita no soy y no voy a tratar de maquillar eso ahora.

Lo que quizás sorprenda a muchos es que no odiaba a Joe. El odio es un veneno lento y letal mejor reservado a los que le hacen daño real a uno o a su familia. Tampoco lo consideraba un enemigo. Para mí el enemigo es un soldado con escopeta y cañón tirando a matar. Serralta no fue ni lo uno ni lo otro.

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Lo que si fue Joe, es un potente adversario y más que eso un digno rival. Me encanta jugar ajedrez y Joe fue un habilidoso estratega que supo resistir mis mejores intentos de ponerlo en jaque mate. Los que me conocen saben que traté de borrarlo como le hacían los soviéticos a los líderes que pasaban de moda. A nadie le debe quedar la menor duda de que fracasé.

Mientras yo me conformé con lanzar pelotas venenosas desde fuera del área en un intento de fiscalizar la incompetencia y corrupción del fútbol puertorriqueño, Serralta fundó y presidió el club más grande de la historia del fútbol puertorriqueño, fundó y presidió, no una, sino dos ligas del más alto nivel competitivo y presidió la Federación Puertorriqueña de Fútbol. Cada uno de esos logros por si solo no es poca cosa, pero en conjunto son un logro enorme. Por eso, muchos años en el futuro (o por lo menos así espero) cuando yo también sea tierra, nadie se acordara de mi pero de Joe Serralta sí y se acordarán por el futuro infinito. Esa es la definición más precisa de la inmortalidad.

Conocí a Joe Serralta durante la época de las cavernas del fútbol puertorriqueño. En aquellos días nuestro fútbol era una falange deportiva, y Joe, en su rol de Buenaventura Durruti, era el paladín justiciero. Presidia la Liga Mayor, en aquel entonces una liga pirata sin el aval federativo, pero aun así la FIFA, en su página web la reconocía como la liga de más alto nivel competitivo de Puerto Rico. Sin duda eso mortificaba a Manuel Villa, el bien olvidado generalísimo Franco del fútbol boricua.

La Liga Mayor fue en mi opinión uno de los grandes logros de Serralta. Allí fue donde para todos los efectos nacieron los Islanders. Allí jugaban, además de los Islanders, un gran Fraigcomar el Barcelona boricua de esos tiempos, Quintana, D. Bosco, los Gigantes de Carolina y varios clubes más. La liga funcionaba, había sana competencia y armonía. En esos días, como en estos, la federación era incapaz de armar una liga que funcionara. Estoy seguro que el éxito de la Liga Mayor, donde jugaban los mejores talentos del fútbol boricua, le quitó años de vida al Generalísimo Villa. Todo eso lo impulsó Joe.

Más que un administrador, Serralta era un visionario. Pero más que un visionario fue un constructor. Tuvo la fuerza de voluntad para imponerse y supo cómo plasmar su visión en realidad. Son pocos los que tienen ese don. Por eso existe y existirá la Puerto Rico Soccer League. Ya no hay que darle más vueltas, gracias a Joe Serralta la PRSL es la primera división del fútbol puertorriqueño y los clubes que aspiren a hacer cosas importantes tendrán que acatarse a esa realidad. Espero que eso lo entienda la gerencia del PRFC, si es que quieren continuar su existencia.

Como todo visionario que luego se convierte en líder, Joe cometió errores y atropellos. Una vez que ocupó la silla presidencial solo podía existir la visión de Joe. Solo Joe sabia como hacer las cosas. Dicen que el que mucho abarca poco aprieta y Serralta no fue la excepción. Trató de perpetuarse por todos los medios posibles y terminó empañando, aunque no opacando, su legado.

Quizás su error más craso fue la infame pirámide invertida y su corolario directo, la nacionalización de los Islanders. Lo mejor que pudieron hacer los Islanders nacionalizados fue un empate ante Honduras en el Loubriel, eso después de comerse 4 en el partido de ida en Honduras. El precio de esa visión desacertada fue la pérdida de múltiples camadas de jugadores juveniles que debidamente desarrollados hoy pudieran ser jugadores notables en algún lugar que no fuera Indonesia.

Errores cometemos todos, pero al final del día, cuando hay que rendirle cuentas al universo, ahí es que se miden los legados. Por este mundo pasamos casi todos sin dejar la más mínima evidencia. Joe Serralta ha dejado una huella inmensa y en la punta de esa huella, hay una pelota de fútbol.

José “Joe” Serralta, may you sleep among the tall trees…

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